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La rutina de cuidado de la piel que siguen los dermatólogos en sus 40 y 50 años.

Mujer aplicando crema facial frente al espejo del baño, con varios productos y un pato de goma en el lavabo.

Hay un momento de calma frente al espejo del baño, en algún punto entre cepillarte los dientes y lograr que los niños dejen de gritar al otro lado de la puerta, en el que de repente lo ves: tu cara se ve... diferente.

No peor, ni “vieja”, simplemente menos parecida a la que resistía trasnoches y toallitas desmaquillantes baratas. Eso ocurre en los cuarenta y cincuenta. La piel en la que has vivido durante décadas empieza a responderte, un poco más seca, más blanda en la línea de la mandíbula, con líneas que ya no desaparecen del todo cuando dejas de sonreír. Puede que te pellizques las mejillas, entrecierres los ojos mirando tu frente y te preguntes si todo el mundo ha renovado en secreto su rutina de cuidado facial mientras tú solo intentabas acordarte de sacar la basura.

Así que fui a quienes ven caras todos los días, que literalmente miran colágeno para ganarse la vida: dermatólogos y dermatólogas en sus cuarenta y cincuenta. No para una nota de prensa ni para el lanzamiento de un producto, sino para hacer una pregunta entrometida: ¿qué haces realmente cada día en tu propia piel? Lo que me contaron era curiosamente sencillo, sorprendentemente estricto, a veces un poco desordenado… y extrañamente reconfortante.

El espejo de la mañana: con qué empiezan realmente los dermatólogos

Cuando pregunté a una dermatóloga londinense de casi 50 años qué es lo primero que hace por la mañana, se rió y dijo: “Café.” Después se corrigió: “La cara, luego café, o si no, no lo hago nunca.” Su rutina empieza del modo menos glamuroso posible: un poco de agua templada y un limpiador suave, que no haga espuma y que no huela a fruta, postre ni a nada pensado para Instagram. Una dermatóloga de Mánchester me dijo que lleva usando el mismo limpiador de farmacia desde hace 15 años. “Es aburrido”, me encogió de hombros, “justo por eso a mi piel le gusta.”

El gran secreto que comparten es este: no se frotan la cara. No hay paños calientes ni cepillos exfoliantes duros recorriendo las mejillas a las 7 de la mañana. La palabra que repiten es “barrera”: ese concepto invisible y algo friki que cuidan como si fuera una reliquia frágil. En los cuarenta y cincuenta, esa barrera es más fina, más seca, un poco más delicada. Si la agredes demasiado por la mañana, el resto de la rutina es un parcheo de daños, en vez de un mantenimiento silencioso.

La regla de los tres pasos que casi todos siguen en silencio

Cuando la cara está limpia, pero no chirriante, el patrón es casi inquietantemente parecido: antioxidante, hidratante, protector solar. Y punto. Cambian las marcas, los precios oscilan de 12 libras a “mejor no preguntes”, pero la base de la rutina es firme. Una dermatóloga de poco más de cincuenta me dijo que guarda el sérum de vitamina C junto al cepillo de dientes, “porque si no lo veo mientras me cepillo, me lo salto”. Seamos honestos: nadie lo hace absolutamente cada mañana sin fallar, ni siquiera los expertos.

La vitamina C se menciona una y otra vez. Les encanta, pero son cautos. En los cuarenta y cincuenta, cuando la pigmentación y el tono apagado aparecen como invitados no deseados, esa capa iluminadora se vuelve imprescindible para muchos de ellos. Pero usan apenas unas gotas, no medio gotero, y no buscan que pique. Una dermatóloga de Bristol me contó que deliberadamente compra fórmulas de potencia media: “Me gusta mi cara, no quiero estar peleándome con ella cada día.”

SPF: lo insustituible que equiparan a cepillarse los dientes

Tod@s l@s dermatólog@s a quienes pregunté, sin excepción, hicieron un gesto de dolor cuando pregunté cuántas veces usan las personas normales protector solar. Hubo un pequeño suspiro colectivo. Para ellos, el SPF en cuarenta y cincuenta no es un paso veraniego, es tan cotidiano como la ropa interior. “Aunque baje la basura, llevo SPF”, me dijo medio en broma una dermatóloga de 51 años. Y no se ponen sólo “un poco” de factor 15: hablamos de SPF de amplio espectro 30 o 50, llueva o haga sol, estén en la oficina o en la playa.

Lo que más me llamó la atención fue lo táctiles que son con él. Usan más cantidad de la que la mayoría piensa: la regla de los dos dedos, o media cucharadita para cara y cuello. Una dermatóloga me enseñó el pequeño ritual que hacía en el ascensor al llegar a la consulta: aplicar protector solar en el escote y detrás de las orejas. Ese detalle es importante, por cierto: todas repetían “cuello, orejas, manos” como una especie de suave reprimenda. Son los primeros lugares que delatan la edad, y los primeros en los que nos olvidamos de aplicarlo.

Encontrar una fórmula con la que puedan convivir

También confiesan abiertamente cierta vanidad. No son sant@s. Si un protector solar hace bolitas bajo el maquillaje o les deja aspecto fantasmal en las fotos de la consulta, no lo usan, por muy “perfectos” que sean los filtros en papel. Así que prueban, prueban y vuelven a probar. Muchas acaban usando SPF ligeros, en gel-crema y con un poco de brillo, algo que apetezca aplicar a las 7 de la mañana cuando el mundo está medio dormido. Una lo resumió: “Prefiero un buen SPF 30 todos los días que un ‘perfecto’ FPS 50 que solo me pongo dos veces al mes.”

Todos hemos vivido ese momento en vacaciones en el que el SPF que parecía correcto convierte la cara en una balsa de aceite antes de la comida. A los dermatólogos les pasa igual. Sólo que son más implacables: rompen con los productos malos enseguida. La lección de la piel propia en los cuarenta y cincuenta es sencilla: el protector solar solo es útil si te gusta lo suficiente como para usarlo, en cantidad, cada mañana y sin debate interno.

La noche: donde ocurre el trabajo de verdad

Si la mañana es para proteger, la noche es cuando los dermatólogos se permiten ser ambiciosos en secreto. Es el turno de los retinoides, ácidos y las grandes promesas, pero con mucha delicadeza. Una dermatóloga de unos 45 años me describió su rutina de noche como “preparar la ropa del día siguiente, pero para la cara.” Hay una idea de anticipación: reparar lo que hizo el día, animar la piel a renovarse, darle lo que ya no produce tan fácilmente.

El primer paso siempre es desmaquillarse bien. Nada de toallitas tiradas al cubo de mala gana. Much@s hacen doble limpieza si han usado maquillaje o protector solar: un bálsamo o aceite para derretirlo todo, y luego un gel suave o limpiadora cremosa para limpiar de verdad la piel. Una me dijo que lo hace “para que mi retinoide abrace la piel, no la máscara de pestañas vieja”. Parece un poco obsesivo, hasta que recuerdas cuántas veces has despertado con restos de eyeliner bajo los ojos.

Retinoides: el imprescindible tranquilo después de los 40

Aquí es donde se ponen serios. El retinol o la tretinoína con receta son la base casi universal de las rutinas dermatológicas en los cuarenta y cincuenta. Los motivos son de manual: estimular el colágeno, suavizar la textura, menos líneas de expresión. Pero la forma de usarlos es de todo menos heroica. Nadie “aguanta la descamación” porque sí. Son cautos, metódicos, casi tiernos consigo mismos.

La mayoría emplea una cantidad del tamaño de un guisante, en toda la cara, de dos a cinco noches por semana según la tolerancia. Vari@s usan el “método sándwich” (hidratante, luego retinoide y otra vez hidratante), especialmente las noches en las que la piel está más tirante o hace frío y la calefacción está encendida. Una dermatóloga me dijo: “Prefiero una dosis baja para siempre, que una alta durante tres meses y dejarlo porque no soporto el malestar.” Esa es la verdad, poco glamurosa: la constancia gana a la valentía.

Las noches sin retinoides se dedican a recuperar. Hidratantes sin perfume, cremas con ceramidas, a veces algún serum simple hidratante. *Es el equivalente en cosmética a una manta suave y una habitación tranquila.* Saben que en los cuarenta y cincuenta, la tolerancia de la piel se tambalea por las hormonas, el estrés o simplemente una mala noche. Así que sus rutinas tienen margen para adaptarse, no fingen que su piel es igual todas las noches.

Exfoliar sí, pero con más calma que en Instagram

Si creyeras las redes sociales, todo el mundo se pela la cara con ácidos tres veces a la semana y sale con “piel de cristal”. Los dermatólogos de cuarenta y cincuenta sí se exfolian, pero mucho menos a lo grande. Casi siempre utilizan exfoliantes químicos (láctico o salicílico) una o dos veces por semana como mucho, y nunca las noches que usan retinoides. Se menciona mucho la frase “piel enfadada”. Su trabajo consiste en calmarla, no en cabrear la suya propia.

Una dermatóloga me contó que cambió completamente de glicólico a láctico al acercarse a los 50: “Mi piel, de repente, odiaba que le gritaran,” dijo. El láctico es más suave, más hidratante, y a mitad de la vida eso resulta más tentador que un “efecto quemadura y descamación”. Suelen usarlos cuando la piel se nota áspera, el maquillaje se acumula en la nariz o las manchas solares parecen más oscuras. Es un empujoncito puntual, no un ritual fijo y sagrado.

También evitan la acumulación de exfoliantes en la que caemos tantos. Tónico, serum, mascarilla, disco: eligen uno, no los cuatro en una sola noche. Varios admitieron que muchos de los “sarpullidos misteriosos” que ven en consulta suelen ser culpa del paciente: sobreexfoliación en pieles ya finas, peri o menopáusicas. Sus propias caras les han enseñado esa lección, por eso pecan de aburridos.

Los hábitos pequeños y poco glamurosos que marcan la diferencia

Cuando hablan de su piel en los cuarenta y cincuenta, los dermatólogos no hablan solo de productos. Hablan del sueño, o de su falta, y de cómo las mejillas parecen más planas tras muchas noches con la luz azul del móvil encendida. Una me confesó que “lee el mes” en el espejo: las semanas cansadas se reflejan antes bajo los ojos que en el correo. Ninguna finge que dormir ocho horas y no tener estrés sea realista, pero todas negocian con la realidad: menos vino entre semana, agua en la mesa, una hora más de sueño cuando se puede rascar.

Y hay una aceptación casi universal de la hidratación suave, aburrida. Crema de manos espesa en el coche. Bálsamo labial al alcance en el sofá. Loción corporal sin perfume untada mientras el baño sigue humeante. Una dermatóloga reía diciendo que con 25 años nunca se ponía nada en el cuerpo: “Ahora mis espinillas me pican solo con mirar un radiador.” La piel del cuerpo también envejece, y la cuidan con una especie de ternura resignada.

Hormonas, honestidad y las arrugas que no intentan borrar

En la mediana edad, las hormonas entran en escena y no se van. Las dermatólogas lo notan igual: les salen granitos en la mandíbula, sequedad repentina, sofocos que dejan rubor en el escote. Muchas me hablaron de consultas con el médico o especialista en menopausia, no solo de cambiar el sérum. Su mensaje es directo: hay un límite a lo que puede hacer una crema si tu estrógeno se ha desplomado.

Lo que más me sorprendió fue cómo hablan de sus arrugas. Ninguna finge que no envejece. Algunas se pinchan rellenos, otras botox, otras solo usan hidratante de farmacia y buen SPF. Una dermatóloga de poco más de cincuenta me contó su decisión de “envejecer como ella misma”: mantener las arrugas que reflejan las risas y suavizar solo las que la hacen parecer cansada cuando no lo está. Esa honestidad resulta extrañamente tranquilizadora en un mundo que pregona la “piel sin edad”.

La verdadera rutina: menos perfección, más relación

Si unes todo -limpiadores suaves, vitamina C, SPF indiscutible, retinoides respetuosos- no obtienes un milagro en 10 pasos. Sale algo más tranquilo: un ritmo, una relación con la piel que lleva contigo lo suficiente como para tener propia opinión. Los dermatólogos no persiguen la perfección en los cuarenta y cincuenta; buscan cooperación. Quieren una piel que se porte bien, que sane y refleje su estado interior de la forma más honesta posible.

La verdadera lección de sus rutinas no es una lista de compras, sino un tono de voz. Le hablan a su piel como a una vieja amiga, no como a un proyecto que arreglar. En las malas noches, reducen todo a limpiador e hidratante. En las buenas, añaden una noche extra de retinoides o una mascarilla suave y disfrutan del buen aspecto. Hay espacio para fluctuaciones, para hormonas, para la vida real. Nadie te despide por no usar tónico.

Y quizá ahí esté el consuelo silencioso de ver cómo los dermatólogos cuidan su propia piel a los cuarenta y cincuenta. No tienen ADN mágico ni pócimas secretas guardadas en la consulta. Tienen ciencia, paciencia y una amabilidad pragmática frente a su reflejo. La rutina exacta importa menos que el hecho de que, aunque sea de manera imperfecta, la cumplen durante años. En algún punto entre el vaho del baño y el suave clic de un bote de sérum, no intentan retroceder en el tiempo; solo avanzar sintiéndose a gusto en la piel en la que aún están creciendo.

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