En toda Europa y Estados Unidos, la misma pregunta vuelve cada invierno: ¿deberías apagar la calefacción por completo cuando sales de casa, o mantenerla funcionando a una temperatura más baja? Con los precios de la energía aún volátiles y los objetivos climáticos cada vez más estrictos, la forma en que calentamos nuestros hogares ha dejado de ser una elección puramente privada para convertirse en un asunto público.
El gran dilema: ¿apagar o poner al mínimo?
Los expertos en energía y varios ministerios de medio ambiente europeos ahora se posicionan en un mismo lado del debate. Argumentan que, en la mayoría de los hogares, bajar la calefacción es más inteligente que apagarla durante el día. Este consejo va en contra de la intuición: mucha gente asume que "apagado" significa "ahorrar". La física de los edificios dice lo contrario.
Cuando apagas la calefacción durante horas, primero se enfría el aire. Luego, las paredes, suelos, techos, muebles e incluso las alfombras liberan lentamente el calor almacenado. Cuando vuelves a casa y subes la caldera o la bomba de calor para calentar el espacio otra vez, el sistema tiene que recalentar no solo el aire, sino todos esos materiales. Ese reinicio intenso consume mucha energía en poco tiempo.
Mantener una temperatura de fondo baja y estable suele costar menos que dejar que la casa se enfríe completamente y forzar al sistema a hacer un esfuerzo de alto consumo por la tarde.
Las recomendaciones técnicas de las agencias energéticas europeas sugieren una regla sencilla: en lugar de apagar la calefacción cuando salgas, baja el termostato a unos 16–17°C. Cuando estés en casa y despierto, apunta a unos 19–20°C.
Por qué tiene sentido mantener entre 19 y 20°C estables
Esas cifras no son aleatorias. Alrededor de los 19–20°C, la mayoría de adultos sanos se sienten razonablemente cómodos con ropa normal. Por encima de esa cifra, el consumo de energía aumenta rápidamente. En una vivienda mal aislada, la demanda de calefacción puede subir entre un 6 y un 10% por cada grado extra en el termostato.
Poner el termostato a 22–23°C porque la casa se siente "un poco fría" puede inflar la factura discretamente durante toda la temporada. La diferencia puede no notarse en un solo día, pero a lo largo de cuatro o cinco meses, sí supone un gran impacto.
- Día en casa: 19–20°C
- Noche: 16–17°C
- Ausencias cortas (jornada laboral, llevar a los niños al colegio): 16–17°C
- Ausencias largas (varios días): poner el termostato en modo antihielo según el clima local
Estos rangos equilibran confort, salud y consumo energético. Para bebés, personas muy mayores o quienes tengan ciertas condiciones médicas, los médicos pueden recomendar temperaturas un poco más altas, pero la lógica de evitar grandes oscilaciones sigue siendo la misma.
El coste oculto de los "arranques en frío"
Los ingenieros de la construcción hablan de masa térmica. El ladrillo, el hormigón, la piedra e incluso los tableros de yeso absorben y liberan el calor lentamente. Un hogar con mucha masa térmica actúa como una batería recargable gigante de calor. Eso ayuda a mantener temperaturas estables, pero también significa que revertir un enfriamiento profundo lleva tiempo.
Cuando dejas que la casa baje casi a la temperatura exterior, no solo se enfría el aire. Descargas toda esa batería térmica. Volver a calentarlo todo desde cero es cuando sube la factura.
Una demanda de calor continua y moderada mantiene la caldera, bomba de calor o sistema de calefacción central funcionando de forma más suave y eficiente, en vez de forzarla a alternar picos y bajones.
Las calderas modernas, especialmente los modelos de condensación, y muchas bombas de calor son más eficientes cuando funcionan a potencias bajas y estables. Los ciclos de encendido y apagado frecuentes desperdician combustible, generan más averías y a veces reducen la eficiencia de la condensación en las calderas de gas, lo que limita el ahorro.
Proteger tu hogar, no solo tu bolsillo
Hay otro motivo para el consejo de “nunca apagar del todo”: la propia estructura del edificio. Temperaturas interiores muy bajas, especialmente en casas antiguas mal aisladas, pueden crear condensación en superficies frías. Con el tiempo, esa humedad alimenta el moho en paredes, marcos de ventanas, detrás de armarios y en rincones con poca circulación de aire.
Mantener una temperatura mínima, normalmente en torno a los 16°C, ayuda a mantener la humedad relativa bajo control y reduce el riesgo de aparición de moho. Esto no es solo un problema estético. La humedad y el moho están relacionados con problemas respiratorios, alergias y malos olores difíciles de eliminar.
Temperaturas bajas pero estables también protegen la fontanería. En climas fríos, las tuberías en cuartos poco calefactados, sótanos o buhardillas pueden congelarse si la calefacción permanece apagada durante heladas severas. Una tubería congelada y rota puede causar daños por valor de miles de euros, muy superiores a cualquier ahorro por apagar los radiadores unas horas más.
Una "temperatura de seguridad" protege contra el moho, la humedad y las tuberías congeladas, convirtiendo un modesto gasto en gas o electricidad en una especie de seguro para el edificio.
Tecnología inteligente: que el termostato haga el trabajo
El rápido avance de la tecnología doméstica hace que la pregunta ya no sea solo “¿apagar o poner al mínimo?”, sino también “¿manual o inteligente?”. Termostatos programables, válvulas conectadas y una automatización básica del hogar están ahora al alcance de muchos hogares.
Termostatos programables e inteligentes
Un termostato programable permite establecer diferentes temperaturas para distintos momentos del día. Por ejemplo, puedes programar 19–20°C para la primera hora de la mañana y la tarde, y 16–17°C para el mediodía y la tarde cuando nadie esté en casa.
Los termostatos inteligentes van un paso más allá. Suelen ofrecer:
- Control desde una app móvil, útil si cambian tus planes
- Algoritmos de aprendizaje que ajustan los horarios según tu rutina
- Compensación según la climatología, bajando la potencia en días suaves
- Datos detallados sobre el consumo, que revelan hábitos derrochadores
Diversos estudios independientes en Europa y Norteamérica indican que, bien utilizados, estos dispositivos pueden reducir el gasto en calefacción entre un 10 y un 20%. La cifra concreta depende de lo ineficiente que fuera el comportamiento anterior.
Control habitación por habitación con válvulas termostáticas
Otra herramienta potente se coloca en el radiador y no en la pared. Las válvulas termostáticas (TRV) regulan la entrada de agua caliente en cada radiador según la temperatura de esa habitación. No sustituyen al termostato central, pero afinan su funcionamiento.
Con las TRV puedes mantener los dormitorios algo más frescos que el salón, dejar la habitación de invitados solo en modo antihielo y evitar gastar energía en pasillos que solo utilizas de paso. Las TRV inteligentes incluso pueden comunicarse con un sistema central, coordinándose con la caldera o la bomba de calor.
| Medida | Beneficio típico |
| Bajar el punto de consigna 1°C | Ahorro del 6–10% en energía de calefacción en una temporada |
| Termostato programable | Automatiza los bajones de temperatura diurnos, nocturnos y durante ausencias |
| Válvulas termostáticas | Evita sobrecalentar habitaciones vacías o poco usadas |
| Mejoras básicas de aislamiento | Reduce la pérdida de calor y hace más barato mantener una temperatura estable |
Cuándo "apagar" sigue teniendo sentido
Existen situaciones en las que apagar el sistema, o casi hacerlo, es razonable. Si vives en un clima suave y te ausentas varios días, una bajada profunda puede ahorrar más de lo que cuesta, siempre que protejas las tuberías contra la congelación y evites la condensación.
Las casas modernas bien aisladas y herméticas se comportan de forma distinta a los edificios antiguos con fugas. Pierden calor poco a poco, así que un descenso mayor de temperatura puede no requerir un gran esfuerzo energético posterior. Los sistemas de bombas de calor, en particular, funcionan mejor con ajustes cuidadosos, ya que producen calor más lentamente pero de forma eficiente.
La clave es conocer tu edificio y tu sistema. Un chalet aislado de los años 60 en el norte de Europa con paredes sin aislar no responde igual que un piso nuevo en una ciudad templada con triple acristalamiento y ventilación mecánica.
Cómo estimar tu propio ahorro
Cualquier hogar puede hacer un "experimento" sencillo en dos semanas. Una semana utiliza tu patrón habitual: tal vez apagar la calefacción durante la jornada laboral y ponerla alta por la tarde. La semana siguiente, mantén el termostato a 19–20°C en casa, y bájalo a 16–17°C durante ausencias y noches, sin apagar del todo.
Anota las lecturas del contador de gas o electricidad todos los días a la misma hora. Compara el consumo, ajustando si hay variaciones importantes de temperatura exterior usando los datos meteorológicos locales. Las cifras no serán perfectas, pero te indicarán si la calefacción continua y suave resulta más barata en tu hogar.
Más allá del termostato: otras formas de reducir la factura a la mitad
La estrategia del termostato es solo una parte del puzzle de la calefacción. El aislamiento, la reducción de corrientes de aire y los hábitos básicos completan la ecuación. Cerrar persianas o cortinas por la noche, sellar ranuras obvias en puertas y ventanas, y purgar los radiadores para que funcionen eficientemente pueden reducir el consumo sin disminuir el confort.
Si se dispone de cierto presupuesto, las mejoras selectivas ofrecen grandes resultados: aislar la buhardilla, añadir aislamiento en cámaras de aire si es posible y sustituir las ventanas de un solo cristal en las habitaciones más problemáticas. Estas medidas disminuyen la velocidad a la que los preciados 19–20°C se escapan al frío exterior.
Por último, pensar a largo plazo puede suavizar futuros inviernos. Cuando las calderas antiguas lleguen al final de su vida útil, los modelos más eficientes o los sistemas de bombas de calor bien dimensionados, combinados con controles inteligentes y temperaturas estables en interiores, permiten mantener el confort y a la vez reducir la factura –y las emisiones– en la dirección adecuada.
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