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14 increíbles usos del bicarbonato que ojalá hubieras sabido antes

Persona vertiendo azúcar en una taza en una cocina ordenada, con una sartén y la nevera abierta al fondo.

Hay una caja en tu armario de la cocina que observa en silencio, juzgando todos esos sprays de limpieza sofisticados y cremas milagrosas que has comprado a lo largo de los años.

Es pequeña, suele estar medio abierta, un poco polvorienta por los bordes. Bicarbonato de sodio. Eso que cogiste una vez para una receta de banana bread y luego olvidaste, mientras todo un ejército de productos “especializados” de plástico se fue apoderando de tu armario bajo el fregadero y de tu conciencia.

Yo solía pensar que el bicarbonato era solo para gente que lee libros de racionamiento de la posguerra y limpia tarros de mermelada por diversión. Hasta que una amiga vino a casa, vio mis tazas manchadas y mi frigorífico algo trágico, y me dijo, casi en plan casual: “Sabes que el bicarbonato te solucionaría la mitad de esto, ¿no?”. Me reí, pero luego la observé, algo atónito, mientras me lo demostraba. Fue como descubrir un truco secreto para la vida adulta que había estado siempre delante de mis narices. Y una vez ves lo que de verdad puede hacer este polvo blanco y barato, ya no lo puedes olvidar.

1. El día que descubrí que mi nevera no tenía por qué oler a “restos misteriosos”

¿Conoces ese momento en el que abres la nevera y te llega un olor extraño, pero no logras identificarlo del todo? ¿Media cebolla? ¿Queso viejo? ¿Angustia existencial? Yo solía cerrar la puerta rápido, como si eso sirviera de algo. Un día leí que el bicarbonato absorbe los olores en vez de sólo taparlos con un falso aroma a limón.

Ahora guardo un pequeño recipiente abierto de bicarbonato en la balda del medio. Nada sofisticado, solo una flanera o la tapa de un tarro, que cambio más o menos cada mes cuando me acuerdo. El bicarbonato se encarga en silencio de absorber las rarezas, así que cuando abro la puerta lo único que huelo es... nada, que es precisamente lo que quiero de una nevera. Ese curry fallecido de hace cuatro días, silenciado. Aquella cebolla que partí por la mitad y envolví “lo suficiente”, ya no protesta.

2. Tazas manchadas que vuelven a parecer nuevas, como si jamás hubieran visto café

Hay un tipo especial de vergüenza en ofrecer té en una taza que parece haber servido para asfaltar carreteras. Esos anillos marrones no se van por mucho que restriegues con estropajo y Fairy. Llegué a pensar que esas manchas formaban ya parte de la cerámica, como si se hubieran fusionado a nivel molecular con mi adicción a la cafeína.

Un domingo cualquiera, en un arrebato de “pon orden en tu vida”, probé a espolvorear bicarbonato directamente en una taza húmeda. Unas gotitas de agua, una pasada rápida con un paño, y las manchas... se rindieron. Sin remojar, sin productos químicos agresivos, solo una ligera arenilla que elimina la porquería sin rayar. Es extrañamente satisfactorio ver desaparecer años de té en menos de un minuto, como limpiar la historia de un plumazo.

3. La desintoxicación de la lavadora que no sabía que necesitaba

Hay un olor que a veces se queda en la ropa aunque acabe de salir de la lavadora. No es precisamente suciedad, pero tampoco esa limpieza perfecta que esperabas. Simplemente un “bah” húmedo. Yo siempre culpaba al detergente, al tiempo, a mi propia vida. Nunca se me ocurrió que la lavadora también necesitaba algo de cariño.

Un día eché media taza de bicarbonato directamente en el tambor y puse un ciclo caliente sin ropa dentro. El cambio fue brutal. La siguiente colada salió con olor a limpio de verdad, no solo a perfume. Ahora añado un par de cucharadas a las coladas “apestosas” -ropa de gimnasio, toallas olvidadas en la cesta- y salen más frescas y menos “vestuario de gimnasio”. La lavadora también suena más contenta, como si por fin se hubiera dado una buena ducha.

4. El exfoliante facial suave que tienes camuflado en tu despensa

Menos “día de spa”, más milagro discreto

Seamos realistas: nadie sigue una rutina facial completa todas las noches, por mucho que diga Instagram. Algunas noches, ya haces bastante si te acuerdas de quitarte la máscara de pestañas. Los exfoliantes de lujo suelen ser los primeros en coger polvo en el fondo del armario del baño, normalmente junto a esa mascarilla de arcilla que usaste una vez durante el confinamiento.

De vez en cuando, cuando noto mi piel apagada y un poco áspera, mezclo una pizca de bicarbonato con agua en la palma de la mano y hago una pasta. La masajeo suavemente por la cara unos 20 segundos y aclaro con agua templada. Es sorprendentemente suave, nada que ver con los exfoliantes que abrasan como si fueran cristal molido y remordimiento. Una vez a la semana es suficiente, y mi piel se ve más calmada, lisa y despierta. Es el producto de cuidado facial que nunca necesité comprar.

5. El regreso de “la sartén quemada que dabas por perdida”

Hay una clase especial de desesperación cuando miras una sartén que acabas de destrozar. Te das la vuelta tres minutos y de pronto se ha evaporado el agua de la pasta y hay algo negro y pegado soldado al fondo. Todos hemos vivido ese momento con la cuchara de madera en mano, preguntándonos si no será más fácil tirar la sartén y empezar una vida nueva en otro sitio.

En vez de atacarla a la fuerza y arrancar la mitad del recubrimiento, ahora espolvoreo una capa generosa de bicarbonato sobre lo quemado, añado un poco de agua y lo pongo a hervir suave. A los pocos minutos, la costra negra parece suavizarse y ceder. Cuando se enfría, una esponja o espátula de madera se lleva la mayor parte, sin necesidad de soltar demasiados improperios. La sartén sobrevive, mi dignidad también, y no tengo que fingir que las marcas de quemado son “pátina”.

6. Emergencias en la moqueta y el espolvoreo reparador de madrugada

Cuando el “ay, no” ocurre en el salón

Vino tinto, huellas embarradas, esa mancha sospechosa donde el perro seguro ha hecho algo... Las alfombras lo recuerdan todo. Puedes rociar Febreze hasta que te duela el dedo, pero bajo la niebla química, el olor permanece. Aprendí el truco del bicarbonato en un piso compartido un tanto caótico, con un vaso de Merlot derramado sobre una alfombra crema ajena.

Ahora, si algo se derrama, chorrea o simplemente huele raro, seco lo que puedo y espolvoreo bicarbonato sobre la zona como si estuviera salando patatas. Lo dejo toda la noche, aunque parezca que la moqueta tiene caspa. Por la mañana, pasar la aspiradora se lleva el polvo y una sorprendente cantidad de olor. No lo arregla todo, pero convierte un “¡madre mía!” en un “bueno, tampoco está tan mal”.

7. Las zapatillas que te daba vergüenza descalzarte

No hay forma delicada de decir esto: algunos zapatos son un peligro biológico. Te los quitas tras un día largo y el olor podría despintar paredes. Tuve unas zapatillas que adoraba, pero dejé de ponerme porque temía ser “esa persona” si me tocaba quitármelas en casa ajena.

Una noche, por pura cabezonería, eché una cucharada de bicarbonato en cada zapatilla, las agité y las dejé en la entrada. Al día siguiente saqué el polvo, les pasé un paño y olí con cuidado. No huelen a rosas, pero desde luego ya no son un espectáculo lamentable. Ahora lo hago cada par de semanas y así no tengo que desterrar mis zapatos favoritos al fondo del armario por vergüenza.

8. Domar el cubo de basura que juzga tu estilo de vida

El cubo de la cocina consigue hacerse notar incluso antes de abrir la tapa. Peladuras, restos, ese trozo de pollo que ibas a cocinar y nunca hiciste… se mezclan en un olor denso y agrio. Ni con bolsas de basura y vaciado regular desaparece del plástico cierto aroma persistente.

Ahora, tras lavar el cubo, lo seco y espolvoreo una fina capa de bicarbonato en el fondo antes de poner la bolsa nueva. Se queda ahí en silencio, atrapando lo peor de los olores antes de que salgan a darte en la cara. Cada mes, lo aclaro y repito. Hasta sacar la basura me resulta menos castigo por mi mala planificación de comidas.

9. La olla lenta y los tuppers aferrados al curry de la semana pasada

El tomate frito y el curry parecen firmar contratos de alquiler indefinido con los tuppers de plástico. Los restriegas y restriegas, y siempre están un poco naranjas y con olor pegado para siempre. Da cierta pena meter una ensalada fresca en un recipiente que aún huele a tikka masala.

Empecé a dejar los tuppers manchados en remojo con agua tibia y una o dos cucharadas de bicarbonato disueltas. Al cabo de una hora, las manchas están más blandas y el olor es más llevadero. Un repaso final con una esponja remata el trabajo. A veces, simplemente echo bicarbonato en una esponja y froto directamente, sobre todo en tapas y juntas. La comida sabe mejor cuando no lleva fantasma de cenas pasadas.

10. El champú en seco de emergencia del que nadie habla

Para mañanas de “voy tarde”

Hay mañanas en que tu pelo pide a gritos un buen lavado, pero el reloj dice que no puede ser. Ya llevas 12 minutos de retraso y pensar en secador da risa. Para esos días se inventó el champú en seco, aunque justo se ha acabado cuando lo necesitas.

El bicarbonato, usado con moderación, puede ayudar. Eché un pellizco entre los dedos, los froto, y lo masajeo suavemente en la raíz, sobre todo en la zona del flequillo y la raya. Absorbe el exceso de grasa y da volumen, sin el efecto empolvado que dejan algunos sprays. Eso sí, hay que cepillar bien luego, sobre todo con pelo oscuro, pero me ha salvado de más de un “coleta grasienta de la vergüenza”.

11. La puerta del horno que pasó de vergonzosa a aceptablemente decente

Siempre hay una tarea doméstica que evitamos hasta que se vuelve invisible. Para mí, era la puerta del horno. La abría, veía las huellas doradas y resecas de cenas pasadas, entrecerraba los ojos, y decidía que hoy tampoco era el día. Los limpiahornos de tienda me hacían llorar y el olor duraba más que la suciedad.

Un domingo tranquilo, preparé una pasta de agua y bicarbonato y la extendí sobre la puerta fría del horno como si estuviera glaseando un bizcocho poco apetecible. Lo dejé una hora y lo retiré con un paño húmedo. La mugre se iba en remolinos grisáceos dejando cristal debajo. No quedó como si fuera nuevo, pero sí bastante limpio - ya no tengo que disculparme con quien lo vea de reojo.

12. Calmar picaduras de insectos en pie de guerra

El verano británico dura 12 días, y al menos cinco implican acabar picado por algo pequeño y desagradecido. Intentas no rascarte, pero te rascas, y al final lo empeoras diez veces más. Harías cualquier cosa por un poco de alivio.

Una pasta espesa de bicarbonato y una gota de agua aplicada sobre la picadura calma el escozor sorprendentemente rápido. Se seca en una capa quebradiza, pero el picor se va y el enrojecimiento parece menos dramático. Es el típico truco de abuela con el té, que suele funcionar. Da gusto poder recurrir a remedios sencillos y pequeños que no vienen en envases relucientes.

13. Revivir desagües y fregaderos cansados

Esa efervescencia tan satisfactoria

Una de las cosas más desmoralizantes de la casa es ver cómo el fregadero desagua lentamente, con el charco mirándote como diciendo “esto es culpa tuya”. Pelo, restos de jabón, trozos de comida... todo se va acumulando y acabas buscando fontanero en Google e intentando no llorar al ver el precio. Los productos químicos parecen excesivos (y a saber qué llevan, ya que estamos).

De vez en cuando, cuando noto el gorgoteo sospechoso, vierto media taza de bicarbonato por el desagüe y luego echo vinagre blanco despacio. El chisporroteo y burbujeo es extrañamente satisfactorio, como si el desagüe se hiciese un mini spa. Tras diez minutos, abro el grifo de agua caliente. No soluciona un atasco serio, pero mantiene las cosas fluyendo y previene ese leve olor a desagüe en el baño.

14. La tranquila confianza de saber que siempre tienes una solución

Cuanto más uso el bicarbonato, más siento que es como un amigo tranquilo y sensato esperando en el armario. Uno del que no te acuerdas hasta que todo lo demás falla o se acaba. No es glamuroso, no tiene campaña de marketing, y cuesta menos que un café para llevar, pero soluciona problema tras problema sin hacer ruido.

Hay algo reconfortante en recurrir siempre a lo mismo para sartenes quemadas, zapatos apestosos, piel protestona y malos olores. Ignora todo el ruido de productos milagro y promesas brillantes y simplemente... funciona. La próxima vez que abras esa caja algo ajada, igual te despierta una chispa de respeto. Y quizás te preguntes cuántas otras cosas simples y corrientes en tu casa son infinitamente más útiles de lo que parecen.

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